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Madres coraje
Desde el momento en que
cruzó la meta de la Maratón de Nueva York y abrazó a su beba, Paula
Radcliffe demostró que la maternidad es una fuente de energía e
inspiración para las deportistas. La plusmarquista británica triunfó el
4 de noviembre de 2007, once meses después de haber dado a luz a la
pequeña Isla, a quien cubrió con la bandera de Gran Bretaña cuando
desató el festejo en el Central Park.
Con 34 años, Radcliffe ganó esa competencia como si nada le hubiera
sucedido. Lejos de transformarse en un impedimento, su período de
embarazo y el parto actuaron como un acicate para alcanzar uno de sus
grandes logros de su carrera. Si aquella "Madre coraje", protagonista de
la obra dramática de Bertolt Brecht, sacrificó la vida de sus hijos por
sobrevivir en una de las más sangrientas guerras de Europa, entre 1624 y
1636, Radcliffe -al igual que muchas otras atletas- retomó su mejor
nivel después de ser madre.
Las argentinas no están exentas a este fenómeno. Presentan situaciones
diversas, pero a todas las une el insobornable apego por la disciplina
en la que compitieron o siguen desarrollando.
Retrocedamos a los Panamericanos de 1995, en Mar del Plata. La gran
protagonista de aquellos Juegos fue Nora Vega, que se adjudicó dos
medallas doradas, una de plata y una de bronce en patín carrera y
abrochó su gran año con la obtención del Olimpia de Oro. Se la recuerda
en el podio y a los besos con Pedro Ezequiel, por entonces de tres años
y 9 meses: "Siempre decía que una vez que tuviera un hijo dejaría de
patinar, pero sentí la necesidad de volver. Más allá de la alegría por
la llegada de Pedro, esa época resultó muy difícil por el fallecimiento
de mi madre. Fue un golpe muy fuerte que me llevó a competir de nuevo
para recuperar sensaciones placenteras", comenta Nora, que había
reaparecido nueve meses después del parto con victorias en los 300 y los
500 metros en velocidad, en el Nacional en Rosario. "Caí en la cuenta de
que no había bajado para nada el nivel. Y, por supuesto, hubo un antes y
un después tras los Panamericanos de 1995", apunta la ex quíntuple
campeona mundial.
Una vez que se convirtió en madre, la logística cambió radicalmente para
la marplatense: "Me complicaba mucho irme de casa. Eso era matador.
Recuerdo una concentración en Chapadmalal que duró 20 días; les planteé
a los dirigentes la necesidad del contacto con mi hijo, pero no lo
comprendían". Intentó congeniar ambas partes, aunque no pudo: "Con Pedro
me distraía. Patinaba, y en cada vuelta que daba lo buscaba por las
tribunas con la mirada y me desconcentraba ".
Cuatro años más tarde, en los Panamericanos de Winnipeg 99, Alejandra
García escribió otra emotiva historia, pero con una garrocha en sus
manos. En aquella cita, pegó un salto de 4,30m, que le dio la medalla
dorada e interrumpió 36 temporadas de sequía para el atletismo
argentino. Su hijo Tomás, entonces de ocho años, vivió su éxito a la
distancia: "Había quedado embarazada a los 18, lo que me permitió
entrenarme en pista hasta los seis meses de gestación y seguir en el
gimnasio hasta los ocho. Pero en aquel momento todavía no practicaba
salto con garrocha, sino heptatlón".
Aún siendo adolescente, Alejandra asumió el compromiso de ser mamá full
time: "Desde los 40 días de vida de Tomás no lo dejé al cuidado de
nadie. Se crió conmigo en la pista de atletismo del Cenard". Por aquella
época, sus dudas en el alto rendimiento la condujeron a realizar
consultas con especialistas. "Todos concluyeron en que, hormonalmente,
las atletas se ven favorecidas tras el parto. Y yo sentí exactamente
eso", dice la finalista en Atenas 2004. En su regreso a las competencias
tras dar a luz, buscó cualquier tipo de contacto con su familia. "Me
mandaban faxes con los garabatos de Tomás. Así, pese a estar a miles de
kilómetros de distancia, se me hizo más fácil."
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Vanina
Oneto con Maia, en el día de su retiro de la selección, en el
Champions Trophy de Rosario 2004 |

La
Tigresa Acuña, en el ring con Maximiliano y Josué |
Vanina Oneto vivió un punto de quiebre con las Leonas luego del Mundial
de Perth 2002. En ese torneo, había experimentado la incomparable
sensación de ser campeona del mundo, pero al mismo tiempo se fracturó la
mano izquierda por un bochazo y estuvo marginada en varios partidos. En
enero de 2003, concibió a Maia, que asomó al mundo en septiembre. "Ya
durante el embarazo pensaba en un desquite en Atenas 2004, por eso es
que me entrené hasta el octavo mes con gimnasio y pileta. Cuando nació
Maia, dije: No regreso al hockey ni loca . Sin embargo, a los 40 días
volví a correr. Eso sí: duré 20 minutos y pensé que me moría . La idea
fue reacomodar mi cuerpo y, al final, con la ayuda de un preparador
físico y la comprensión de Cachito Vigil, llegué a la cita olímpica." Lo
más complicado para la formidable ex delantera fue la extensa gira por
España previa a Atenas: "Durante ese lapso, mi esposo Andrés, en Buenos
Aires, se recibió de padre. Para mí significó un esfuerzo sobrehumano
por cómo influyó lo psicológico durante la preparación. Pero en el
torneo nunca tuve miedo de decepcionar".
La ajedrecista Claudia Amura, de 37 años, se transformó en gran maestra
mientras estaba embarazada de su primer hijo, Gilberto (10), durante el
Continental de Venezuela de 1997. Luego tuvo a Luis (8), Santiago (6) y
Rocío (4). La crianza de los chicos no le impedirá formar parte en junio
próximo del Mundial de Mujeres, e integrar el conjunto nacional que
intervendrá en la Olimpíada de noviembre. Su carrera exhibe
particularidades: "En una Olimpíada en Kalmykia, en 1998, se enfermó
Gilbertito y estuvo internado por una infección estomacal. Me acompañaba
mi marido, pero en el 80 por ciento de las partidas ofrecí tablas para
volver enseguida al hospital. Otra vez, durante un certamen en China,
todos los días tenía niñeras de esa nacionalidad que iban rotándose para
el cuidado del chico. Se lo pasaban de mano en mano ".
Según Amura, la maternidad equivale a quitarse presión: "Los chicos
pasan a ser la prioridad. Desde que los tengo, siento que perder no es
una tragedia. Nunca cambiaría tener hijos por ser campeona del mundo",
asegura Amura, que se refirió a su máxima referente femenina, Judith
Polgar: "Si sos un crack como ella, podés tener 25 chicos y vas a seguir
estando en la elite, incluso entre los hombres".
Otro ejemplo: la boxeadora Marcela Acuña, madre de Maximiliano y Josué,
es campeona mundial de la categoría supergallo (AMB). "Para ellos es
todo muy natural, porque desde chicos me vieron arriba de un ring
compitiendo y entrenándome", relata la Tigresa, de 31 años, que aclara
que sus hijos nunca se asustaron mientras ella recibía golpes: "Tuvieron
siempre bien en claro que el boxeo es un deporte. Duro, pero deporte al
fin".
En el colegio de sus hijos, asegura que su vínculo con las madres anduvo
por los carriles normales. "Siempre me trataron como a una más y, en
general, me felicitaban, porque para ellas soy una mamá diferente, pero
en el buen sentido."
Vanina Sánchez Berón (taekwondo) y Consuelo Monsegur (yachting, Clase
470) serán dos de las atletas argentinas con hijos que participarán en
los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Sánchez Berón buscó realizarse como
mujer tras ser suspendida dos años por doping positivo (tomó un
diurético) en un control previo al Panamericano de la especialidad en
República Dominicana, en noviembre de 2004. "Me di cuenta que había
dejado muchas cosas de lado y las autoridades no valo raron mi
sacrificio. Con mi pareja, Germán Méndez, decidimos buscar nuestro
primer hijo. Iván llegó el 8 de mayo de 2007, y me cambió la vida",
señaló.
Embarazada, la porteña de 28 años se entrenó hasta el séptimo mes. Tras
dar a luz, regresó a la actividad a los 30 días. Y un mes más tarde, se
impuso en el primer selectivo local para el Preolímpico.
En ese torneo,
disputado en noviembre último en Cali (Colombia), logró la plaza
olímpica en la categoría de 67 kilos. "Cuando viaje a Pekín, voy a estar
más tranquila si mi hijo permanece en Buenos Aires. Va a ser duro, pero
sé que será mejor si se queda en casa, con los mimos de sus abuelas."
Consuelo Monsegur, que será la tripulante en la pareja de Clase 470 con
Fernanda Sesto, es madre de Marco, de un año y once meses. Nunca pensó
que la crianza de Marco pudiera interrumpirle el ciclo olímpico: "Mi
única duda era cuándo me iba a recuperar, después de haber aumentado 14
kilos. Pero a los cuatro meses del parto, volví a mi peso". Consuelo
atraviesa un período de plenitud: "Si podés unir el deporte de alta
competencia y la satisfacción de ser madre, es algo muy lindo. Es una
doble realización"
Paula
Radcliffe ganó la Maratón de Nueva
York en
noviembre de 2007; once meses antes,
la británica
había dado a luz a Isla, su primera hija
Lejos de ser un obstáculo, los hijos estimulan el talento. Un ejemplo
para derribar tabúes.
Fuente: LA NACION (Por Gastón Saiz)
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