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“Quiero volver con una medalla”

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Patricia Bermúdez (25) es una de las 41 mujeres que representará a la Argentina en los próximos Juegos Olímpicos. Una historia de lucha, dentro y fuera del ring.


“A él le quiero pegar”. Al profesor de judo del Club Dorrego de Santiago del Estero se le escapó una sonrisa, cuando Patricia Bermúdez, una miniatura de 6 años, se plantó muy resuelta señalando a un compañerito de escuela en medio de la ronda de veintipico de varones arriba de una colchoneta de artes marciales. “Me dijo que sí, pero cuando terminara la clase. Y me invitó a participar”, cuenta casi 20 años después, sentada en otra colchoneta, la del Polideportivo de Boca, donde entrena y cuenta los días para viajar a Londres como única representante de Lucha de la delegación olímpica argentina.

Esa tarde pesada, en medio de la siesta santiagueña, nació un gran amor. “Jorge (así se llama el compañero) me volvía loca todos los recreos. Y yo no me quedaba atrás, era varonera y peleadora. No sabía cómo manejarlo, pero esa tarde me atrapó tanto el judo, que cuando terminó la clase, ya me había olvidado que le quería pegar”.

Patricia viene de una familia en la que no sobraba nada y en la que, a veces, también faltaba. “El judo me puso un objetivo en la cabeza, me dio disciplina, amigos y códigos”. El profesor que la vio esa tarde no se equivocó. Patricia empezó a brillar primero en los interclubes y después en los campeonatos provinciales. “Jorge se convirtió en mi mejor amigo y en lugar de pelear empezamos a competir a ver quién ganaba más medallas. Una de las fotos más lindas que tengo es la del día que nos dieron a los dos una de reconocimiento en el Dorrego. El club era nuestra casa”.

En su verdadera casa, nadie se sorprendió de la pasión que le puso a los duelos arriba de la colchoneta. “A mí me crío mi abuela. Era la primera nieta, la preferida. Y siempre me apoyó. Nunca nadie me dijo qué hacía en un deporte de hombres. Es más, a casi todos les ganaba siempre…”. Pero la lucha de Patricia era más fuerte fuera de la colchoneta que arriba. Practicar un deporte amateur en la Argentina no es fácil… “Para cada cosa necesitaba conseguir financiación. Los viajes me los pagaba la provincia, para todo había trámites. Y yo mientras tanto, tenía que comer, vestirme, ayudar en mi casa…”.

Del Cenard a la Gendarmería

A los 17 se vino a Buenos Aires. “La decisión me costó. Era chica y soy de extrañar mucho”. Se fue a vivir al CeNARD (Centro Nacional de Alto Rendimiento de la Secretaría de Deportes) con una beca de atleta, que incluía el alojamiento. “Una vez que se cortó, terminé viviendo en González Catán, en la casa de Malvina, una compañera de entrenamiento a la que le voy a estar agradecida toda la vida”. Mientras tanto, seguía ganando arriba de la colchoneta. Fue Campeona Panamericana, número 1 del ránking nacional y capitana del seleccionado argentino. “Pero cada día se me hacía más difícil vivir. Quería hacer el profesorado de Educación Física, pero no podía. Y un día dije basta”. A los 21 se volvió a Santiago.

“Pero, ¿cómo vas a buscar trabajo si sos una atleta de alto rendimiento?”. El secretario de Deportes provincial de turno se quedó mudo con la respuesta: “Sí, claro, pero no me da de comer”. Después de meses de buscar trabajo desde vendedora de ropa hasta empleada administrativa sin suerte, una foto de su abuelo vestido de gendarme, le abrió otra puerta. Tampoco fue fácil. “Primero fui a la Policía y después a Gendarmería. En los dos lugares me dijeron que era muy petisa para la Fuerza”. No se dio por vencida. Al otro día volvió a Gendarmería con su currículum de judoca. Hicieron una excepción y la llamaron para el curso: un año de férrea disciplina militar. “Era como lo que se ve en las películas. Si algún compañero se mandaba alguna, nos castigaban a todos. Nos hacían hacer flexiones de brazos cantando el himno. La disciplina militar y la del deporte es muy parecida. Llegué por necesidad, pero enseguida descubrí que también era parte de mi vocación. Aprendí a amar a la Patria”.

Patricia era una de las pocas mujeres que hacía el curso y sus compañeros le llevaban varias cabezas y casi la doblaban en peso, pero igual les ganaba en las clases de defensa cuerpo a cuerpo. “Me decían ‘la karateca’, nada que ver con el judo, pero a mí me hacía sentir bien igual”. Cuando le dieron el uniforme la asignaron al Destacamento Móvil, algo así como la fuerza de choque de la Gendarmería. “Son los que primero aparecen cuando hay problemas. Yo preguntaba cómo me mandaban a mí, una petisa que no llegaba a los 50 kilos, ahí, con los más grandotes. Me dijeron que me mandaban porque era la mejor en defensa personal”.

Cuestión de peso

Asignada a un puesto en Córdoba, el destino de Patricia no parecía tener más altibajos que los cambios de guardia. En 2010, cuando tomó sus primeras vacaciones, la vida la volvió a sorprender. “Me llamó el que era mi entrenador en Santiago y me dijo que había una invitación para entrenar lucha en Buenos Aires. Los judocas siempre nos llevábamos mal con los luchadores, porque en el CeNARD entrenaban antes que nosotros y dejaban todo desordenado… pero sabés qué me hizo decir que sí: un short”.

La rutina de Gendarmería la había hecho engordar 16 kilos. “Era un short precioso, de la época de judo. Justo me lo pruebo, me doy cuenta de que no me entraba ni en una pierna y me llama el entrenador. Las pruebas duraban tres semanas, justo lo que me daban de vacaciones. Dije que sí sólo porque quería bajar de peso”. Llegó a Buenos Aires y tuvo que aprender las reglas de la lucha de cero. “Es todo lo opuesto al judo: peléas suelto y en judo siempre agarrás a tu oponente”. Aprendió bien. Logró la medalla de bronce en los Juegos Odesur, en Medellín. Y los que la vieron no la quisieron dejar ir. “Llamaron de la Secretaría de Deportes al Ministerio de Seguridad y plantearon que tenía condiciones para representar al país en Lucha. “Se pusieron de acuerdo, me trasladaron a Buenos Aires y me pusieron a dar clases de Defensa Personal para gendarmes. Así yo podía entrenar. Para mí, era tocar el cielo con las manos. Me había intentado convencer a la fuerza de que el deporte no era para mí y ahora me daban una oportunidad. Estaba feliz”.

Tuvo más apoyo y se le abrieron otras puertas. Se mudó a un departamento en La Boca y pasó a entrenar en el club. Claro que sólo con varones. “Hay muy pocas luchadoras. Así que me tengo que entrenar con chicos, que superan mi peso”. Pero la experiencia le sirvió… para encontrar novio. “A Fredy lo conocí en un entrenamiento en el club. Hoy es mi esparring”. Pudo traer a su hermano menor, Lucas, de Santiago. “Venía a hacer fútbol, pero se puso a luchar y lo hace muy bien”. Hoy entrena con los dos. “Y te digo que si venimos peleados de casa, nos damos con todo, pero siempre siguiendo las reglas, igual que en las competencias. La lucha es un deporte de mucho código. Arriba de la colchoneta te matás, y eso no implica que un médico de otra delegación no te atienda si te lesionás o que no compartas la mesa con los rivales, algo normal en las villas olímpicas”.

Londres es un sueño que nunca soñó soñar… Se llevó la medalla de plata en el Panamericano de Lucha, en Cuba la del oro en el Grand Prix de Alemania. Para las olimpíadas clasificaban la primera y la segunda del Preolímpico de Estados Unidos. Y dije ‘vamos’. Creo que si me sentaba a pensarlo no iba”. Fue pasando de rondas hasta la final contra Clarissa Chun de Estados Unidos. “Nunca, ni de judoca, ni de luchadora tuve miedo, pero cuando la vi enfrente me agarró dolor de estómago”.

Patricia quedó segunda. Y clasificó. A Londres va por todo. “No me da decir que con clasificarme ya cumplí mi sueño. Quiero volverme con una medalla”, sostiene con la misma mirada resuelta de aquella tarde en la que el deporte cambió su vida.

Argentinas en Londres

Las 41. De los 138 atletas argentinos que viajan a Londres 2012, 41 son mujeres. Patricia Bermúdez es la única que compite en lucha mientras que Jennifer Dahlgren, es la única lanzadora de martillo.

Lucha libre. En esta disciplina, cada participante debe derribar al otro sin golpearlo. Es uno de los deportes más antiguos y participa de los Juegos Olímpicos desde 1906. Patricia Bermúdez -con un metro cincuenta de altura- es la única luchadora de la delegación argentina. Competirá en la categoría de 48 kilos. La Argentina no participaba de ese deporte desde Atlanta 1996.

Lanzamiento de martillo. Esta prueba de atletismo consiste en arrojar una bola metálica -4 kilos en mujeres y 7,260 en hombres- que va unida a una empuñadura por un cable de acero. Resulta vencedor el competidor que la envía a la mayor distancia. Cada lanzador tiene tres oportunidades. Las mujeres participan de esta prueba desde Sydney 2000. El record mundial femenino lo tiene Betty Hiedler (Alemania) con una marca de 79.42m, lograda en el año 2011. Jennifer Dahlgren tiene el récord sudamericano con 73,74 m, logrados en 2010. Es la única sudamericana que superó la barrera de los 70 m.

Alienten las madres

En el marco de la campaña P&G “Gracias Mamá”, el 26 de junio en el Hotel Intercontinental se homenajeó a las madres de los atletas que representarán a la Argentina en los Juegos Olímpicos. Con la presencia de Fernando del Carril, presidente de P&G, se sorteó la suma de 35 mil pesos que permitirán a la ganadora, María Alicia Pozzi -mamá de Julio Alsogaray (Yachting)- viajar a Londres para apoyar el sueño deportivo de su hijo. Esta acción -que se suma a la que tiene como protagonistas a Manu Ginobili y a su mamá, Raquel- se completa con el reconocimiento a la madre de la medallista en judo Paula Pareto, Mirta, quien, en colaboración con el Comité Olímpico fue invitada a presenciar los juegos, con alojamiento en la Casa P&G de Londres.

La dama del martillo

Jennifer Dahlgren tiene 28 años y se sorprende cuando camina por la calle y desde algún auto que pasa la reconocen y le gritan “¡Fuerza, campeona!”. En 2010 batió el récord sudamericano en lanzamiento de martillo, con 73,74 m, y es la única sudamericana que superó la barrera de los 70 m. Ahora, su mente está puesta en Londres, pero la experiencia no la toma desprevenida: será su tercer juego olímpico.

Jennifer nació en Buenos Aires, vivió su infancia en Brasil y en Estados Unidos. Cuenta que derivó en el atletismo casi de casualidad, acompañando a su hermana, Sabrina, cuando entrenaba en el CeNARD con Andrés Charadia, un ex atleta reconocido internacionalmente en el lanzamiento de martillo. A instancia de Andrés, Jennifer empezó a entrenar. Después, en Estados Unidos, mientras estudiaba en la universidad de Georgia batió el récord -que todavía perdura- en esa especial disciplina que consiste en arrojar el martillo lo más lejos posible. De ahí en más, ganó distintos premios hasta que una vez recibida -es profesora de inglés- regresó a la Argentina.

En diálogo con Mujer, recuerda: “En Atenas, en 2004, tenía 20 años y mi mérito era haber clasificado. Una vez que llegué a la villa, me sentía una turista, quería absorber todo, saber qué era un juego, disfrutar cada momento clave. En el 2008, en Beijing, no fue mi mejor momento. Venía de una operación que tardó en curarse y eso perjudicó mi entrenamiento. Pero ahora a Londres voy a competir, vengo haciendo muy buenas marcas este año y cumpliendo todo que planee junto a Marcelo Pugliese, mi entrenador y mi amigo. Tengo mi mente en el objetivo al 100%. Mi sueño es un diploma olímpico, entrar entre las ocho mejores. No es fácil, pero tengo la tranquilidad de que ya lo hice una vez (en el mundial de Atletismo en Daegu fue finalista con 72,70 m). Con la consistencia que tuve este año siento que estoy para lanzar mucho más. Voy a dar un gran golpe”. Jennifer, ya no como atleta sino en lo personal, tiene otro sueño: “Por ahora, estoy soltera, pero en el futuro me gustaría formar una familia. Uno de mis grandes sueños es ser mamá.”

Informe: Vanina PiIkholc

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La historia de las chicas del club Padre Mujica en la Villa 31

Entrenan los martes y jueves en la villa 31; ejemplos que rompen estereotipos, superan barreras y eliminan prejuicios.

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Las luces de la autopista Arturo Illia cumplen una doble tarea: iluminar el habitual paso de los pocos autos que la transitan con la fría noche ya instalada, sin el ritmo frenético que el centro porteño exhibiría un par de horas antes, y además apuntalar las corridas de un nutrido grupo de chicas que juegan al fútbol en una canchita, en uno de los márgenes de la Villa 31. Los grandes faros sirven de complemento perfecto para acompañar las tenues luces de ese mágico rectángulo de cemento que forma parte del club Padre Carlos Mugica, instalado en la villa más popular de la Argentina. Con la pelota apenas como excusa, las mujeres de este club surgen como buenos ejemplos de quienes denodadamente se esfuerzan por romper estereotipos, superar barreras y eliminar prejuicios.

La imagen del padre Mugica resalta, pintada en una de las paredes linderas a la cancha. Su legado, inspirador, dio pie a la fundación de un espacio que no sólo se ocupa de actividades culturales y deportivas. Con el padre Guillermo Torres -presidente de la entidad- como cabeza visible, un equipo de trabajadores sociales realizan un seguimiento de cada uno de los casos de las personas que se acercan al club. Aquí no se habla únicamente de una segunda jugada: las segundas oportunidades en la vida se encadenan, aparecen una tras otra a medida que se suceden los relatos, entre mates y bizcochos. “Acá surgen muchas chances, no se limita a una o dos. El club es claramente una oportunidad de vida para las chicas. En nuestro barrio, la persona que no se enganchó con el estudio, el deporte o determinado espacio de pertenencia se nos va al paco. Y ahí la vuelta se torna realmente muy difícil”, explica Blanca Aguirre, coordinadora de la entidad.

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La práctica del deporte favorece el desarrollo físico, mental y social de un grupo de personas que lucha por salir adelante dentro de un contexto ocasionalmente desfavorable. Para el fútbol de mujeres la batalla también es cultural. “No se las reconoce, es desvalorizado. Es simple: el deporte es para todos y acá ellas tienen la chance de mostrarse”, añade Aguirre.

A veces el miedo, otras tantas la vergüenza y un profundo sentimiento de incomprensión aparecen como algunos de los motivos que explican por qué una parte de las víctimas de la violencia de género nunca han denunciado a su maltratador. En el club Carlos Mugica no son pocas las mujeres que se abren al diálogo con esos trabajadores que se fueron ganando su confianza. La palabra, siempre como nexo. “Hay un acompañamiento que escapa a lo deportivo. Las pibas sienten cariño por las profesoras, son cercanas a ellas. Eso hace que las chicas se abran para conversar, hemos logrado infinidad de cosas. También que se animen a practicar deportes, en contra de padres que no están muy de acuerdo. Con el correr del tiempo esos hombres las vieron felices y posteriormente cambiaron el chip”, detalla Aguirre.

Con el sueño de moldear un futuro alentador, el club también hace un enorme aporte para que las chicas consigan desarrollarse en lo deportivo y profesional. Ya son cuatro las becas obtenidas para estudiar: tres de ellas las utilizan en el “Instituto Superior de Educación Física Enrique Romero Brest” y la restante en la “Universidad Católica”. Romina Villalba, una todoterreno de apenas 19 años, contagia energía. Toda su vida transcurrió en este sitio. Cuenta que en su zona, el sector Cristo Obrero, no son tantos los vaivenes que debe atravesar. “En otros lugares tenemos que tener un poco más de cuidado”, asegura. Por la mañana trabaja en el hogar del club, en el centro de rehabilitación para adictos a las drogas. Por la tarde, cursa el primer año en el profesorado de Educación Inicial con la beca otorgada por la “Universidad Católica”. “Yo soñaba con estudiar esta carrera y el año pasado empecé a buscar facultades pero no pude anotarme. Cuando el padre Torres me presentó esta posibilidad me llenó de alegría”, resalta con una sonrisa la capitana y punta de lanza del equipo de primera.

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Villalba creció a la par del club. El año pasado ofició de entrenadora de las más pequeñas, las nenas de cinco años, tarea que tuvo que dejar de lado porque el tiempo no le alcanzaba para cubrir todos sus objetivos. De todos modos, las acompaña en cada partido de fin de semana. “El club significa mucho, también traigo a mi familia para que sean parte. Logramos atraer a mucha gente y de movida eso ya funciona como prevención. Estas actividades sacan a la gente de los malos hábitos”, agrega.

A través del deporte se cultivan los valores humanos, la solidaridad, la amistad, el trabajo en equipo, la lucha por un objetivo en común. La historia oficial de este club comenzó hace apenas un puñado de meses, cuando se le entregó el certificado de personería jurídica. “De todos modos, el trabajo acarrea más de tres años”, aclara Guillermo Torres, párroco y presidente de la institución enclavada en una comunidad habitada por 50.000 personas. Dentro de la Parroquia Cristo Obrero, el espacio nació en el marco de un área de prevención de adicciones. “La mayoría de las chicas tiene una historia de vida difícil”, añade Torres.

La actividad no se limita sólo al fútbol: en la sumatoria, son más de 300 chicos los que día a día transitan la canchita para jugar al hockey y al voleibol, entre otros deportes. De lunes a viernes, siempre habrá alguien corriendo detrás de una pelota. Para las 20 mujeres que componen el plantel que reúne a la primera y a la reserva, los entrenamientos se desarrollan los martes y jueves a partir de las 18. El fin de semana será el turno de la competencia oficial, en ocasiones contra duros rivales como Independiente o Atlanta. Algunas de las chicas que llegan al entrenamiento -varias son madres- lo hacen para pasar el rato y divertirse aunque otras tienen vocación de futbolistas y exhiben un enorme despliegue. “Sabemos que en cualquier momento vienen desde Boca o River y se las llevan”, asegura con una sonrisa Josefina Duffo, entrenadora.

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Si bien la práctica del fútbol femenino remonta al siglo XIX en Glasgow, Escocia, en nuestro país le cuesta despegar en cuanto a popularidad. No obstante, es el deporte que más creció a nivel mundial en los últimos diez años y en la Argentina lo practican 1 millón de jugadoras. Se institucionalizó a través del reconocimiento de AFA en 1991. A pesar de que algunos puedan desconocer la lucha histórica que reivindica la práctica del fútbol femenino, el primer logro de este grupo de soñadoras fue haber conseguido un lugar en la cancha, un espacio en ese rectángulo donde decenas de veces se sintieron desplazadas. Parece un hecho básico, pero claramente no lo es. “Hace un tiempo no muy prolongado nos dejaban jugar cerca de la medianoche, recién cuando todos los chicos se iban”, revela Carolina Marín. “Todavía nos cuesta pero antes era peor. Imagínate que muchas veces nos metíamos adentro del partido de ellos y era un lío, con dos pelotas, unos pateando para un lado, otros para otro”, agrega Ángela Quizbert en un impasse del entrenamiento.

Las cuestiones de género, en el terreno de juego, también son palpables. En una batalla diaria, se lucha constantemente para destruir ciertos estereotipos. “Dentro de una sociedad machista las mujeres nos vimos perjudicadas a lo largo de toda la historia. Ser mujer y jugar al fútbol todavía no está socialmente aceptado. Es difícil, nos costó mucho. Acá, no sólo la cancha de este barrio estuvo ocupada permanentemente por chicos: todos los campos de juego pasaron por lo mismo. Se rompen barreras constantemente. Las chicas no van a dejar de ser chicas por jugar al fútbol” enfatiza Duffo.

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La reticencia familiar aparece visible en un deporte donde está estigmatizado que su práctica es exclusivamente para hombres. Esto genera que sea más evidente la diferenciación entre los géneros. Un ejemplo de Duffo basta para graficarlo. “Muchos padres no quieren enviar a las chicas a jugar al fútbol. Una vez me puse a observar y noté que los nenes venían con botines, medias, pantalones cortos, camisetas. A las chicas, en cambio, las mandaban con botas y pantalones largos. ¿Por qué ellas no pueden vestir indumentaria de fútbol?”.

Con orgullo, esta pequeña porción de terreno dejó de ser de uso exclusivo de hombres. Un perro atraviesa la canchita mientras se van las últimas patadas a la pelota. Llega el momento de la foto grupal, con una sonrisa y los brazos elevados. Las chicas de la Villa 31 compaginan el fútbol con los estudios o el trabajo y la cabeza ya está puesta en el día siguiente. Es hora de conversar unos minutos antes del regreso a casa. En su lucha cotidiana, ellas ya ganaron otra batalla.

MG

FUENTE: LA NACIÓN

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Rocío Oliva debutará como futbolista con la 10

La prometida de Diego Maradona formará parte del Jebel Alí y debutará el sábado con la camiseta número diez.

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Rocío Oliva cumplió su sueño y firmó contrato con el club árabe Jebel Alí, de la liga de fútbol femenino de Duabi, donde debutará este sábado con la camiseta número diez. El propio Diego Maradona fue el encargado de entrenarla, y estará alentándola en la cancha en el día de su debut.

Con 25 años, la jugadora ya había dado sus primeros pasos en el fútbol con la camiseta de River. Según informa diario Popular, Maradona pulió su técnica en cada una de las prácticas y es una de las mejores del equipo árabe.

Si bien se trata de una liga amateur: al ser extranjera, Rocío firmó un contrato profesional. Y cobrará 10 mil dólares mensuales por defender la camiseta del Jebel Alí.

Hace algunos meses, el astro se mostró junto a su pareja esquivando conos y pateando al arco, mostrando los claros dotes de ambos en el deporte. FB

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Giselle Muñoz fue medalla de plata en el Open Eslovenia 2014

Tenis de Mesa adaptado.

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Durante el Open Eslovenia 2014 (Clases 1-11) Giselle Muñoz alcanzó importantes resultados en la competencia.

En singles, fue la medalla de plata en clase 7 y el equipo argentino alcanzó la misma presea en clase 6/7.

Desde el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) hicieron llegar sus felicitaciones a la joven deportista.

 

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